18 marzo 2014

Esto no es una reseña de El español en la maleta (1)

En septiembre de 2011 vio la luz la primera edición de El español en la maleta, obra coral coordinada por Rafael Robles. En octubre de 2013 llegó a mi casa el paquete de Amazon que lo contenía. En marzo de 2014 publico esta entrada. Voy tarde, ya lo sé, pero aquí está mi homenaje, mi aplauso y mi agradecimiento por la obra.

Es un libro delicioso hecho por y para profesores de español. Es un libro que no necesita una reseña. Por eso, esto no es una reseña. Los relatos que presentan las experiencias de estos treinta profesores deben ser disfrutados y leídos con la intención dejarse sorprender y predispuestos para aprender con cada renglón.

Mi sensación al terminar de leer el libro ha sido la de ver reflejadas en las palabras de esos profesores muchas de mis propias experiencias. Y no hablo de las experiencias sobre lingüística ni sobre metodología ni sobre gestión de clases... no, hablo de las experiencias profundas, las interiores, las humanas, las que nunca han aparecido en este blog ni en ningún taller didáctico o artículo de reflexión. Y quiero compartirlas aquí y ahora, seguramente de una forma desordenada, por medio de las palabras que he leído y he subrayado con la duda de si, de algún borgiano modo, habrán sido escritas por mí aun habiendo sido escritas por otro...

Profesores de español, portadores de tópicos  Como dice Isabel Leal, todos llevamos al aula los tópicos, aunque no queramos, aunque no los representemos... ¿qué hacemos con ellos?
Albania, capital Tirana. Limita al sur con Grecia; lo bañan el mar Jónico y el Adriático, como a Italia.Es mejor presentarlo así. Si empiezo a decir que comparte frontera con Montenegro, Macedonia o Kosovo no solo sonará a lejano y a frío; se le añadirán más tópicos: guerra, mafia...
Tópicos. Yo también llevo algunos en mi maleta, casi sin quererlo: flamenco y olé, Inquisición, fiesta, siesta, Guerra Civil, Lorca y Picasso, sangría y tortilla, toros, Almodóvar. Lo bueno es que no abultan demasiado, y algunos no molestan. 
Está lloviendo, ¿vendrán a clase? Este sentimiento de Carmen Polo me ha hecho recordar las conversaciones en la sala de profesores en los escasos días de lluvia y frío de Málaga:
Berlín me espera, más nívea y fría que nunca. Me pregunta si mis alumnos tendrán valor para tirarse de sus camas al gélido ambiente callejero. [...] Vistos desde mi perspectiva mediterránea, estos nórdicos son cuasi héroes: no solo se atreven a desplazarse... ¡¡¡Van en bici!!! [...]
Si yo albergaba alguna duda, creyendo que mis chicos se quedarían en casa ante el temor de temperaturas tan insanas, disipada queda: la moderna calefacción del aula tira más que sus habitaciones de estufa de carbón.
También me recuerda nuestras conversaciones veraniegas... ¡¿pero qué hacen estos japoneses a las 16:15 en clase, después de andar media hora desde su casa, recién comidos, a 40ºC para venir a la clase?!!

Los libros, esa manía Yo también habría podido escribir estas líneas, pero son de Carlos González, al principio de su relato sobre su experiencia en Alemania.
He vuelto a casa, a mi casa compartida en Greiswald, con la cartera llena de libros una vez más. Mi madre dice que debería tener cuidado, porque es una manía como otra cualquiera, como a quien le da por coleccionar buhítos de los chinos u otras cosas semejantes.

Esas sencillas coincidencias Me veo en el relato de Ana Haro como si me mirara en un espejo, al descubrir esas sencillas coincidencias:
Como era y sigue siendo costumbre, me fui directa a la cafetera. Me quedaban unos diez minutos antes de que sonara la campana anunciando la próxima clase, el tiempo de hacer unas fotocopias y de fumarme l primer cigarrillo del día, eso sí, en la sala de fumadores que el colegio había habilitado después de varias broncas entre los de los dos sectores. Me di cuenta de que por muy lejos de su país que estuviesen algunos, les seguían preocupando las mismas tonterías.
La historia, versión libre También Ana descubre otra costumbre que tenemos los profesores o que, al menos, tengo yo... y que suelo definir con la expresión "la cabra siempre tira al monte". Si no, ¿cómo es que todos mis alumnos acaban el curso conociendo a un tal Luis Buñuel o quieren probar un jamón que se llama Joselito?
De ahí como siempre, me fui por las ramas y les conté a mi manera la invasión de sus antepasados, los siete siglos de ocupación, la convivencia pacífica de las tres religiones, los Reyes Católicos, la toma de Granada. Acabé apoteósicamente con la historia del origen del nombre de un lugar a las afueras de Granada, "El Suspiro del Moro", que lleva toda la nostalgia de Al-Alndalus. Por supuesto, tampoco me olvidé de la frase atribuida a su cruel madre y la apunté en la pizarra para ver si podían entenderla: "No llores como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre".