31 enero 2007

El espíritu del Fauno


Las obras maestras suelen beber en los clásicos. La mirada de Picasso a Velázquez, la de Dalí a Millet o la de los surrealistas a Goya y El Bosco son indudables. O quién puede leer a Borges o a García Márquez obviando la Ilíada, la Eneida, la Odisea o las Metamorfosis. Revestir con ropajes nuevos las grandes historias de la cultura no es tarea fácil... ni es plagio. Es, más bien, sentir la necesidad de expresar la esencia del ser humano.
Los temas "de siempre" nunca aburren ni pasan de moda.

En ese sentido, Guillermo del Toro ha echado la vista atrás para construir una historia mítica, donde el personaje mitológico llamado por los romanos Fauno -motivo obsesivo, por otra parte, de Picasso- se hace duelo de un mundo de fantasía en el que se sumerge como Alicia en su país de las Maravillas, la pequeña Ofelia escapando de la realidad de la posguerra española.

Ofelia, como la desdichada "hija de Shakespeare" que deambula melancólica junto a un lago recogiendo flores cuando su enamorado Hamlet ha matado por error -trágico error, clásico error- a su padre y acaba perdiendo ella misma la vida en las aguas del lago junto al que paseaba; nuestra Ofelia también sale a pasear en su melancólica ansias de fantasía.

El miedo, el hambre y el sufrimiento de la España de los 40 no es lugar para una niña que no quiere crecer, no quiere ser como tantos niños a los que la guerra hizo adultos, no quiere crecer como aquel niño -niño clásico- que en su mundo de Nunca Jamás se quedó eternamente niño: Peter Pan. Pan... el primer nombre del personaje de la mitología griega que luego fue rebautizado por los romanos como Fauno, morador del país de las maravillas de Ofelia.

Pero, más aún que todo esto, el filme del mexicano es "el espíritu del Fauno". La pequeña Ana (Torrent) que Víctor Erice parió como personaje esencial de la fantasía y la ternura cinematográfica española se pasea por el laberinto del Fauno de la mano de Ofelia-Ivana Barquero para ayudarle a superar las pruebas que, como Hércules, debe afrontar sin descanso. También Ana buscaba a su monstruo (Frankenstein).

El éxito de la imaginación es el otro denominador común que nos llena de utopía y que es capaz de vencer, respectivamente, en la oscuridad laberíntica, en sus fantásticos decorados y en el bosque cerrado de Del Toro y en la claridad de la llanura plana de la España desolada, sin árboles ni sombra. Dos modos de soledad en las que el hombre se puede perder.

¿No nos enseñó Borges que el más perfecto de los laberintos es el desierto?