20 agosto 2015

El pensamiento disruptivo, la situación postmétodo y las habilidades que hacen a cada docente un profesor único

Hace unos días compartí unas horas de tertulia vespertina con dos buenos amigos y profesores de ELE en las que realizamos una suerte de brainstorming sobre decenas de temas, de un modo absolutamente caótico y sin pretender llegar a ningún tipo de conclusión acerca de nada. Pues bien, ese rato encendió más de una bombilla en mí (en nosotros, me atrevería a decir) y apretó alguna que otra que estaba suelta y andaba parpadeando.

Ayer mismo, escuchando la radio, un psicólogo hablaba del pensamiento disruptivo como modo de ayudar a nuestro cerebro, de ejercitarlo y de favorecer, de ese modo, la creatividad. Este psicólogo decía que cuando salimos de casa a comprar el pan siempre vamos por el mismo camino porque nuestro cerebro es cómodo y no quiere esforzarse. Como ejercicio nos proponía cambiar la ruta de vez en cuando y activar, así, nuestra masa gris. Definía el pensamiento disruptivo como "pensar de otra forma" e invitaba a que lo hiciéramos en cualquier ámbito de la vida: pensemos desde otra perspectiva, como si fuéramos otro. Desde entonces he leído algunas cosas sobre el pensamiento disruptivo y tiene mucho que ver con el mundo de la empresa, del marketing... y me encantó una reflexión de uno de los teóricos del asunto (Luke Williams), quien afirma que el principal asesino de la innovación es el sentido común. 

Créditos de la imagen: John Shaw (Flickr Creative Commons)
Creo que este modo de pensar está detrás de los profesores creativos, de los profesores que no se cansan de buscar nuevas formas de explicar, nuevos y mejores ejemplos, dinámicas novedosas, técnicas que sorprendan y faciliten el aprendizaje, ideas que motiven a los alumnos y consigan implicarlos en su proceso de aprendizaje y les hagan tomar las riendas del mismo... 

Y esto me lleva de nuevo a la tertulia de media tarde de aquel martes en la que una de ideas en las que más me reforcé fue en la de que el profesor de hoy en día debe potenciar sus habilidades personales, aquellas cualidades que lo hacen único, que lo hacen diferente al resto de profesores del mundo conocido. En los cursos de formación y jornadas didácticas, en los másteres y expertos... se habla de metodología, de didáctica, de gramática, de pragmática, de análisis de materiales, de competencia digital, de componente lúdico y gamificación, de evaluación... pero me parece que todavía le debemos algo al profesor: decirle que es único, convencerle de que eso que él o ella sabe que hace bien debe explotarlo como herramienta didáctica.

Kumaravadivelu (1994) ya describió el contexto histórico que exigía un cambio de paradigma en la cuestión metodológica en la enseñanza de lenguas, por una parte, y en el papel del profesor, por otra, al afirmar que "la situación posmétodo, (...) reconoce el potencial de los docentes para saber no solo cómo enseñar, sino también cómo actuar de forma autónoma en el marco de las limitaciones académicas y administrativas impuestas por las instituciones, el currículo y los libros de texto. También promueve la capacidad de los profesores para saber cómo desarrollar una aproximación reflexiva a su propia docencia, cómo analizar y evaluar su propia práctica docente, cómo iniciar los cambios en el aula y cómo registrar los efectos de estos cambios (Richards, 1991; Wallace, 1991). Resumiendo, promover la autonomía del profesorado significa capacitar a los docentes para que teoricen a partir de la práctica y practiquen con lo que han teorizado". 

Créditos de la imagen: Doug Wheller (Flickr Creative Commons)
En esta línea, el lingüista indio proponía diez macroestrategias en el marco de las cuales cada profesor debería encontrar sus propias microestrategias (aquí es donde nosotros proponemos poner énfasis en las habilidades propias): maximizar las oportunidades de aprendizaje, facilitar la interacción negociada, minimizar los desajustes en la percepción, activar la heurística intuitiva, fomentar la concienciación lingüística, contextualizar el input, integrar las destrezas lingüísticas, promover la autonomía del aprendiente, incrementar la conciencia intercultural y asegurar la relevancia social.

Pues bien, para ello proponemos un itinerario de trabajo:
  1. Reflexión personal desde la autoobservación. Esta primera fase es individual. En ella, cada profesor debe bucear sin ningún tipo de complejos ni falsas modestias en sus cualidades personales y verbalizarlas. Conozco profesores con un sentido del humor con el que enganchan a los alumnos; otros con una enorme facilidad para el dibujo, lo que hace que sus pizarras sean obras de arte con las que contextualizar el input visualmente; los conozco con una gran imaginación, con dotes musicales, con habilidades para el arte dramático, con lucidez para encontrar situaciones en las que desarrollar las tareas comunicativas... y así un largo etcétera de cualidades. Pero ha de ser cada uno quien reconozca las suyas y luego, mediante la autoobservación, se descubra poniéndolas en práctica y sacándoles partido. Que cada uno tome nota de lo que hace y de lo que consigue cuando pone al servicio de su labor profesional sus habilidades personales.
  2. Puesta en común en el equipo académico e intercambio de experiencias. Esta segunda fase debería comenzar con una lluvia de ideas en las que el equipo académico diga cuáles creen que son las cualidades de cada compañero. Sería interesante realizar una experiencia de observación de las clases entre los compañeros previamente, si fuera posible. Es un ejercicio de refuerzo de las cualidades positivas, de aumento de la confianza y la autoestima y de descubrimiento de cualidades propias que, tal vez, cada uno no reconoce como cualidad y los otros así la valoran, lo que es motivo de reflexión. Segundo momento de la segunda fase: intercambio de experiencias a partir del análisis que cada uno hemos hecho en la fase 1.
  3. Potenciación de las habilidades personales. El último momento es el de la potenciación consciente de las habilidades descubiertas en las dos fases anteriores. Es un ejercicio similar al de la primera etapa pero con el bagaje de la reflexión personal y del intercambio de experiencias en el equipo académico. Esta tercera fase debe ser entendida como una actitud más que como un período. Esa actitud que nos hace profesores únicos.

3 comentarios:

Daniel Varo dijo...

Me parece que mi masa gris está en forma. Siempre me gusta cambiar de camino cuando voy a algún sitio. A mi novia le parece de locos y dice que la mareo, pero ¡le estoy haciendo un favor neurológico! :)

Sergio Lago dijo...

JRamón, muy interesante :)

Recuerdo cuando en el curso de formación ELE nos decían que no íbamos a tener otra oportunidad de que nuestros propios compañeros nos diesen un feedback, y desde entonces he pensado mucho en el tema. Me encantaría revivir esa experiencia, creo que nunca he aprendido tanto como viéndome en el espejo del otro, con lo positivo y lo mejorable.

José Ramón Rodríguez dijo...

Gracias por vuestros comentarios.

@Dani, tu novia tiene el cielo ganado... por esto y por todo... jajaja

@Sergio, estoy totalmente de acuerdo con lo que dices. Creo que es una práctica que debería ser más habitual en los centros ya que ayudaría mucho al desarrollo profesional tanto individualmente de cada docente como del propio equipo académico. Me alegro de leerte ;)