01 marzo 2016

¿Quién tiene la culpa?

Estoy seguro de que a todos los profesores de español os ha ocurrido alguna vez una situación como la siguiente: hacemos una pregunta aspirando a abrir y mantener una conversación con nuestros alumnos y nos encontramos con que el alumno responde a un ejercicio. Algo así:

Figura 1

Cuando ocurre eso yo me vuelvo loco, se me desencaja la mandíbula, empiezo a hacer aspavientos con las manos, se me salen los ojos de las órbitas... algo muy parecido a lo que le ocurre a Homer Simpson. Cuando me sereno, cuando mandíbula, brazos y ojos vuelven a sus respectivos lugares, me siento y reflexiono: ¿quién tiene la culpa de ello?

¿Es culpa del pobre alumno que se esfuerza en escoger el tiempo adecuado, cambiar la persona, colocar el pronombre en el lugar adecuado, hacer una incomprensible -para ellos- repetición del adverbio no?  ¿Acaso será culpa de determinadas actividades centradas en las formas? ¿Igual tengo yo, como docente, algo de responsabilidad al pensar que mi misión es enseñar una lengua cuando en realidad soy un mero asesor, guía y acompañante del proceso de aprendizaje de un instrumento de comunicación que se hace efectivo por medio de actos de habla? ¿Sigue siendo la pragmática la gran olvidada en nuestras aulas?

Suelo proponer en mis clases esquemas como el que podéis encontrar más abajo (figura 2). Lo primero que hago es pedir a mis alumnos que me digan qué columna corresponde a respuestas afirmativas y cuál a respuestas negativas a la pregunta principal. Hecho eso, analizamos cada una de las respuestas, nos preguntamos quién la ha podido decir, en qué situación comunicativa, hablando con quién, con qué intención y qué esperaba conseguir con esa respuesta.

Figura 2

Después, pregunto por qué creen que esas personas no han respondido como en la figura 1. ¿Qué necesidad tenían de complicarse la vida al responder a una pregunta tan sencilla? Y el último paso, el definitivo: ¿tú qué respondes a esta pregunta?

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