18 junio 2010

José Saramago, descanse en paz

Al llegar a casa me reciben con la noticia: Ha muerto tu amigo, acaban de decirlo en la radio. Inmediatamente me viene a la cabeza Mario Benedetti e inmediatamente caigo en la cuenta de que me acuerdo de él porque hace poco más de un año me mandaron un sms con una frase muy parecida. Quien nos ha dejado hoy ha sido el escritor portugués José Saramago, a los 87 años.

Creador de un género muy particular -a caballo entre la novela y el ensayo o, justamente, haciendo una suerte de fusión entre ambos-, persona comprometida social y políticamente (fue de los primeros en recordar, el mismo 11S, que los tres mil que fallecieron en el horrible ataque al WTC mueren diariamente de hambre en África y en América Latina), verdadero prototipo de intelectual del siglo XXI, para mí destacó por su enorme capacidad para construir acertadísimas e ilustrativas alegorías por medio de las que nos hacía llegar a sus lectores su visión existencialista del mundo. Entre esas alegorías, las que conforman su famosísima trilogía son excepcionales: Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y La caverna. La posibilidad de que ganara el voto en blanco en unas elecciones democráticas la desarrolla en Ensayo sobre la lucidez; la reflexión sobre la propia identidad la deja en El hombre duplicado; el cuestionamiento sobre el anhelo humano de vencer a la muerte lo refleja en Las intermitencias de la muerte; la transformación de la península ibérica, la de sus dos patrias, en una isla que vaga por los océanos la inventó en La balsa de piedra.

Lo primero que leí de él fue el relato Silla (publicado en Casi un objeto) y me enganchó esa guerra de tiempos en la lucha de la carcoma y la madera dentro de esa ilustre silla. Desde entonces, lo que he leído lo recomiendo, lo que no he leído me espera. Descanse en paz.

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