Con frecuencia (claro síntoma de mi natural tendencia a acabar siendo un auténtico abuelo cebolleta) suelo recordar la sorpresa y el estupor que sentí cuando, allá por el futurista año 2000 -fecha en la queo me encontraba en pleno camino iniciático en esto del E/LE-, un alumno escandinavo me preguntó el significado de Mona Lisa (que aparecía en una actividad) y otro, de algún país centroeuropeo, usó un verbo en tercera persona plural porque el sujeto era plural porque era un sustantivo que terminaba en -s: Cervantes. Fue mi primer enfrentamiento serio al nivel educativo europeo que, por aquel entonces, no asociaba con el español. ¡Un chico que no conoce la Mona Lisa! ¡Una chica que no sabe quién es Cervantes! Estas situaciones pasaron de ser anecdóticas a ser frecuentes y, en consecuencia, naturales... ya no nos sorprenden ni causan estupor... y, lo que es peor, no nos indignan, como pasa con las guerras, el hambre, la violencia o las injusticias. Peligroso punto en el que nos encontramos, más aún cuando la atención se pone en otras cuestiones (no digo menos importantes, pero sí que desvían nuestra atención de otros asuntos más esenciales) como la digitalización de las aulas.
Mi profesora de Literatura Hispanoamericana me contaba con cierta desesperación, unos años después de terminar la carrera, cómo había tenido que ir retrasando el inicio de los contenidos cada vez más porque los alumnos sabían cada vez menos. Exclamaba con cierta ironía (esa ironía que, siempre ha dicho, aprendió de Borges): "¡Empezar por las crónicas! Ahora hay que empezar explicando quién fue Colón..."

Pero, ¿por dónde cortamos? La culpa de que los niños y adolescentes (y jóvenes y, dentro de poco... o ya, adultos) escriban -hablamos de ortografía pero también de coherencia, de cohesión, creatividad...- cada vez peor, ¿a qué se debe? Vamos a ver, tenemos varias opciones: culpar (o culpabilizar) al sistema educativo (ojo, que no es sinónimo de los profesores), a los padres, a la tecnología, a los medios de comunicación, a la falta de lectura...
- Pero, ¿por dónde cortamos este círculo (vicioso donde los haya)? A los periódicos y las editoriales cada vez les interesa menos invertir en correctores de estilo y correctores ortotipográficos. De otra forma no se entenderían las faltas de ortografía -que no erratas- que leemos a diario en la prensa y en literatura. Esto es absolutamente desolador y tiene una justificación socioeconómica: el lector no es un consumidor exigente. ¿Qué quiero decir? Si compramos una camiseta y, al llegar a casa, nos damos cuenta de que está deshilachada o mal cosida, inmediatamente volveremos a que cambiarla o a exigir nuestro dinero. Si, por el contrario, compramos un libro y, al llegar a casa, leemos que en la obra aparece con hache una palabra que no la tiene o que la perífrasis verbal deber + infinitivo se confunde con deber de + infinitivo, no corremos como alma que nos llevara el diablo a la librería, no. Simplemente, seguimos leyendo, nos cabreamos un poco para dentro, lo comentamos con algún familiar o amigo o hacemos una referencia en nuestro blog... pero este no es el mayor problema (ojalá).
- En televisión, basta cerrar los ojos para analizar el tipo de programa, los contertulios y analistas de la realidad, el porcentaje de verdaderos periodistas que hay en la parrilla, etc. para que el análisis de los modelos de lengua salga a la superficie. Los programas en los que hay un modelo lingüístico válido exento de insultos empiezan demasiado tarde y son absolutamente carentes de interés para los televidentes de la horquilla de edad de los 12 a los 20 años, que son los que nos preocupan.
- Se argumenta que los sms, los chats, MSN Messenger o Facebook están haciendo daño a esta cuestión... pues es los mismos términos, podríamos decir, que el cine o los videojuegos fomentan la violencia: es cuestión de valores, de invertir en educación para un uso responsable de Internet y de las nuevas tecnologías, etc. No vale con demonizar los medios, como tampoco vale realizar un ejercicio de canonización. Internet ha cambiado nuestra sociedad, es cierto: nuestra forma de relacionarnos, de tener una empresa, de hacer marketing, de educar(nos) y formar(nos), de hacer prensa, de compartir, etc. pero en ningún momento se ha preconizado la sustitución de los padres o los docentes por ordenadores o robots, ¿verdad? Considero extremadamente simple decir que si en un sms se escribe TKM, tqm o t kiero muxo, el chico no sabrá escribir te quiero mucho.
- Ambos agentes -profesores y padres- tienen el lugar que siempre han tenido, el lugar físico y el jerárquico, pero parece que se han ido desplazando poco a poco (analicemos el se: ¿reflexivo o impersonal?) y ahora se sienten perdidos. Yo me pregunto si es una cuestión de vocación y hasta qué punto afecta lo vocacional al desempeño de ambas misiones que, además, deben darse estrechamente la mano. Pocas veces en la historia la relación entre padres, profesores, alumnos y administración ha provocado tantos chistes como en estos días... y eso es claro signo de actualidad y preocupación en la sociedad.
- Si seguimos la espiral, podemos llegar al concepto de sociedad occidental que ha alejado a padres e hijos por motivos como los horarios de trabajo, las responsabilidades y el estrés, etc. y son otros los que educan a los niños. Cada vez se ven menos padres jugando con sus hijos y más chicos con su consola de videojuegos o su PC o delante de la tele, aislados; cada vez es más extraño que los padres hagan los deberes con sus hijos y, menos, si eso supone actualizar sus conocimientos, refrescar aquello que estudió para acompañar en el proceso de aprendizaje de su hijo.

Hace un par de semanas, El País publicó un reportaje titulado Generación 'ni-ni': ni estudia ni trabaja que me pareció interesante a la par que pesimista. Hoy, al hacer esta reflexión, creo que también me he dejado llevar por la enorme dificultad de encontrar por donde dar el corte a esta situación. Ahora bien, creo firmemente en la persona y en su capacidad transformadora y creativa, por lo que no me quedo con la oscuridad de lo analizado sino con el convencimiento de poder cambiarlo. Por eso, queda un post pendiente sobre la luz que veo en la persona. Prometido.
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