Como aficionado al cine, este ha sido un fin de semana triste, marcado por el fallecimiento de uno de los grandes maestros en nuestro país y en todo el mundo. Para mí, Berlanga -como Buñuel- ha sido responsable directo de mi apasionamiento por el séptimo arte y responsable, a mi entender, de una de las más maravillosas escenas del la historia del cine: el final de El verdugo (1963):
Berlanga fue experto a la hora de retratar la España de la dictadura por medio de sutiles metáforas, incomprensiblemente incomprensibles para la censura, por medio, sobre todo, de sus queridos personajes secundarios.
Para los profesores de E/LE, acudir a ¡Bienvenido, Mister Marshall! (1953) a la hora de analizar la imagen de España y los tópicos y algunos acontecimientos de la historia de la segunda mitad del siglo XX ha sido, probablemente, un recurso muy repetido y no por ello menos válido. Plácido (1961) y la ya citada El verdugo son una muestra de la doble moral reinante durante los años sesenta en la España franquista y que desenmascararon, además de Buñuel (Viridiana, 1961), Berlanga, Saura (La caza, 1965) o Bardem (Muerte de un ciclista, 1955) con sus obras.
La transición la recibió Berlanga cargando su Escopeta Nacional (1977), primera de una divertidísima trilogía, referente junto a Cria cuervos (Saura, 1975), Asignatura pendiente (Garci, 1977) y Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (Almodóvar, 1980) de este período de paso de la dictadura a la democracia. Sin olvidarnos de su lúcida y cómica mirada a la Guerra Civil de La vaquilla (1985).
Sus películas y su humor negro son su mejor testamento. Luis García Berlanga, descanse en paz.